El misterio del reino de Dios es la gracia de la revelación divina
concedida únicamente a los humildes.
“En aquel tiempo Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo: ‘Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.’ Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: ‘Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron’” (Lucas 10:21–24).
(1) Hoy deseo meditar en el pasaje de Lucas 10:21–24 junto con sus textos paralelos, Mateo 11:25–27 y 13:16–17, y recibir la enseñanza que nos ofrecen:
(a) En primer lugar, en aquel tiempo Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo:
“Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado” (Lc 10:21; Mt 11:25–26), y elevó una oración de acción de gracias a Dios.
(i) Aquí, la expresión “en aquel tiempo” tiene un trasfondo distinto en Lucas 10:21 y en Mateo 11:25 (según fuentes en internet):
En Lucas 10:21, “en aquel tiempo” se refiere al momento en que los setenta discípulos regresaron de su viaje misionero y dieron un informe lleno de gozo.
En Mateo 11:25, “en aquel tiempo” se refiere inmediatamente después de que Jesús reprendiera a las ciudades que no se arrepintieron a pesar de haber visto sus milagros.
En Lucas, el trasfondo es el éxito ministerial y el gozo de los discípulos; en Mateo, es el rechazo y la dureza de los orgullosos. En ambos casos se sugiere que la verdad del evangelio no se comprende por la inteligencia humana, sino por la gracia de Dios.
Por eso Lucas escribe: “En aquel tiempo Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo…” (Lc 10:21), mientras que Mateo registra: “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo…” (Mt 11:25).
(ii) La frase “Jesús se regocijó en el Espíritu Santo” (Lc 10:21) significa que los setenta discípulos “volvieron con gozo, diciendo: ‘Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre’” (v.17), y le informaron a Jesús.
La razón por la cual Jesús se regocijó en el Espíritu fue que vio una victoria real: el poder de Satanás estaba siendo derribado por medio de aquellos setenta discípulos que parecían insignificantes. Por eso no pudo contener el gozo divino que brotaba en Él por el Espíritu Santo.
No fue simplemente una alegría emocional. Al ver que el plan de salvación del Padre se estaba cumpliendo plenamente por medio del Hijo, a través de esos discípulos humildes, y al contemplar espiritualmente que Satanás caía del cielo como un rayo (v.18), Jesús experimentó un profundo júbilo en el Espíritu al observar cómo el poder de las tinieblas era realmente derrotado cuando el evangelio era proclamado.
La palabra griega traducida como “se regocijó” es “ἠγαλλιάσατο” (ēgalliasato). Proviene de la combinación de un prefijo que significa “mucho” o “grandemente” (ἄγαν) y un verbo que significa “saltar” o “brincar” (ἅλλομαι). Implica un gozo intenso y visible exteriormente: “saltar de alegría” o “exclamar con júbilo”.
Lucas añade delante de esta palabra la expresión “en el Espíritu Santo” (τῷ πνεύματι τῷ ἁγίῳ). No se trata de una sensación de logro humano ni de una alegría pasajera. Es el gozo compartido del Dios trino al contemplar el cumplimiento de su plan de salvación. Fue uno de los momentos más conmovedores del ministerio terrenal de Jesús: cuando vio quebrantado el poder de Satanás y el reino de Dios llegando a los humildes.
Esta palabra se usaba frecuentemente en la Septuaginta (LXX), la traducción griega del Antiguo Testamento, para describir el gozo escatológico que el pueblo experimentaría con la venida del Mesías. A través del informe del ministerio de los setenta discípulos, Jesús confirmó que el reinado mesiánico profetizado en el Antiguo Testamento estaba teniendo lugar en ese mismo momento, y por eso estalló en ese gozo.
(iii) Mientras Jesús se regocijaba en el Espíritu Santo, oró diciendo:
“Padre, Señor del cielo y de la tierra, te doy gracias porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado” (Lc 10:21; Mt 11:25–26).
La expresión “Señor del cielo y de la tierra” es claramente una fórmula del Antiguo Testamento (cf. Gn 14:19, 22), que resalta la majestad soberana de Dios sobre todo el universo. El término “Padre” corresponde al arameo “Abba”, y expresa una relación cálida e íntima entre padre e hijo. Por lo tanto, este pasaje muestra que el Creador soberano de todo es precisamente el Padre de Jesús.
En la oración, “estas cosas” probablemente se refiere al ministerio de Jesús: los milagros que realizó, la proclamación de su palabra, el evangelio del reino revelado por medio de ellos, y lo que los setenta discípulos acababan de experimentar personalmente.
Aquí se establece un contraste entre “los sabios y entendidos” y “los niños”. Los primeros se refieren a los líderes religiosos de Israel que, a pesar de su conocimiento de la Ley, no aceptaron la revelación de Dios. Los segundos señalan a aquellos que, aunque carecen de sabiduría mundana o conocimiento legal, humildemente dependen de la ayuda de Dios. Es una enseñanza paradójica que derriba la idea tradicional judía de que los sabios eruditos son quienes reciben la revelación divina. Esta misma idea aparece también en 1 Corintios 1:18–31.
1 Corintios 1:26–29 dice: “Hermanos, considerad vuestra vocación: que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.”
Jesús también oró: “Sí, Padre, porque así fue de tu agrado” (Lc 10:21; Mt 11:26). Esta oración muestra que Jesús acepta plenamente el modo de salvación establecido por Dios y contiene un principio central de la fe cristiana:
“Sí” (griego: Ναί, Nai) — acuerdo y confianza activos
No es una simple resignación, sino una afirmación fuerte: “¡Sí, así es! ¡Eso es lo correcto!” Jesús proclama que el modo de Dios —reinar por medio de los humildes y pequeños, y no por los sabios y poderosos según el mundo— es el más perfecto y justo.
“Así fue” — la elección paradójica del evangelio
Se refiere a la situación descrita antes: esconder estas cosas de los sabios y revelarlas a los niños.
Esconder: quienes confían en su propia sabiduría y orgullo se vuelven espiritualmente ciegos y no comprenden la verdad del evangelio.
Revelar: a los que reconocen su insuficiencia y dependen de Dios como “niños” les es revelado el misterio del reino.
“De tu agrado” (griego: εὐδοκία, eudokía) — la voluntad complaciente de Dios
Esta palabra indica la voluntad buena y agradable de Dios.
La soberanía de la gracia: la salvación no depende de la inteligencia ni de los logros humanos, sino únicamente de la elección misericordiosa y la gracia de Dios.
El Dios de la inversión: Dios se complace en invertir los valores del mundo, avergonzando a los fuertes por medio de los débiles.
4. Significado integral
Esta oración es la respuesta conmovedora de Jesús:
“Padre Dios, que tu reino se extienda no por medio de los sabios y poderosos del mundo, sino por medio de estos discípulos insignificantes, es verdaderamente la decisión correcta y hermosa.”
En conclusión, este pasaje nos confirma que la puerta de la salvación no se abre por condiciones humanas (educación o posición social), sino por un corazón humilde. Nos invita a reflexionar si, delante de Dios, estamos siendo “como niños”, o si hemos caído en la soberbia de los “sabios y entendidos”, confiando en nuestra propia inteligencia.
(b) En segundo lugar, Jesús se regocijó en el Espíritu Santo y dijo:
“Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Lc 10:22).
(i) Esta declaración contiene el núcleo de la revelación cristiana, mostrando quién es Jesucristo y cómo podemos llegar a conocer a Dios Padre.
1. Delegación de plena autoridad: “Todas las cosas me fueron entregadas”
Significa que Dios Padre ha confiado al Hijo, Jesús, la autoridad sobre la salvación y el juicio, y todo el gobierno del reino de Dios. Esto proclama que Jesús no es simplemente un maestro sobresaliente, sino el Mesías que posee autoridad igual a la de Dios.
2. Conocimiento mutuo y exclusivo: “Nadie … sino …”
Esto indica que la relación entre el Padre y el Hijo no es un ámbito al que pueda penetrar la inteligencia humana.
El Padre y el Hijo mantienen una relación íntima en la que se conocen de manera perfecta y única.
Por lo tanto, se establece claramente el límite absoluto de que el ser humano, por su propia filosofía o sabiduría, jamás puede alcanzar a Dios Padre.
3. El canal de la revelación: “Aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”
Significa que la única manera de conocer a Dios Padre es exclusivamente por medio de Jesucristo.
La voluntad del Hijo: Jesús revela al Padre a quienes Él desea. Esos destinatarios son los “niños” mencionados en el versículo anterior (v.21), es decir, los humildes.
Revelación: Como cuando se descorre un velo que estaba oculto, solo cuando Jesús lo muestra podemos comprender el amor de Dios y su plan.
Además, la expresión “el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” muestra que el conocimiento de Dios no depende del esfuerzo ni del mérito humano, sino únicamente de la elección soberana y la gracia de Jesucristo.
1. El significado de “la voluntad del Hijo” (The Will of the Son)
La palabra griega “bouletai” (βούληται), traducida como “quiera” o “desee”, no significa simplemente “desear”, sino que conlleva una voluntad firme: “decidir”, “escoger intencionalmente”.
Iniciativa: Conocer a Dios no es algo que el ser humano logra por iniciativa propia; solo es posible cuando Jesús decide (quiere) mostrárnoslo.
Elección de amor: Jesús no elige al azar, sino que desea revelar al Padre a quienes son humildes y puros como los “niños” mencionados antes.
2. El significado de “a quien el Hijo lo quiera revelar” (To whom the Son chooses to reveal Him)
La palabra griega para “revelar”, “apokalypsai” (ἀποκαλύψαι), significa “quitar el velo” o “descubrir”.
Verdad velada: A causa del pecado, los ojos del ser humano están cubiertos y no pueden ver por sí mismos a Dios Padre.
El velo retirado: Solo aquellos a quienes Jesús les quita directamente ese velo espiritual pueden comprender el amor de Dios y su plan de salvación. Esto enfatiza que Jesús es el único camino por el cual podemos encontrarnos con Dios.
3. Consuelo y advertencia en esta palabra
Consuelo: Si puedo creer en Dios y llamarlo “Padre”, es porque Jesús quiso revelármelo. No es mérito mío, sino pura gracia.
Advertencia: Quienes se consideran sabios y confían en su propio conocimiento pueden quedar lejos de la voluntad reveladora de Jesús. Dios cubre los ojos de los orgullosos y abre los ojos de los humildes.
En conclusión, este pasaje se refiere a “personas humildes que Jesucristo ama y escoge especialmente, a quienes hace comprender el misterioso plan de salvación de Dios”.
(c) Finalmente, en tercer lugar, Jesús se volvió hacia los discípulos y les dijo en privado:
“Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis, y vuestros oídos porque oyen. Porque de cierto os digo que muchos profetas, reyes y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron” (Lc 10:23–24; Mt 13:16–17).
(i) Con respecto a “lo que veis”, Hokma propone dos interpretaciones:
En sentido amplio: Significa reconocer que la era de la salvación ha llegado por medio de los milagros que Jesús hizo y haría, y por sus enseñanzas (cf. Lc 4:6), y ver el misterio entre Dios y el Hijo (v.22).
En sentido más específico: Se refiere a ver la realización del reino de Dios que los discípulos experimentaron cuando, en el nombre del Señor, sometían a los demonios.
En el contexto de Mateo (13:16), donde se mencionan tanto “ver” como “oír”, parece más cercano el sentido amplio. En el contexto de Lucas, donde se omite “oír” en esa frase específica, puede estar más próximo el sentido estrecho.
Cuando Jesús dijo a los discípulos: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis” (Lc 10:23), el significado puede resumirse en tres grandes puntos:
1. La bendición de contemplar el cumplimiento de la promesa
Los profetas y justos del Antiguo Testamento recibieron solamente la promesa de la venida del Mesías (Cristo) y la contemplaron desde lejos mientras esperaban.
Pero los discípulos estaban viendo directamente a Jesús, el protagonista de esa promesa. Es decir, estaban viviendo en la época en que la historia de la salvación no era teoría ni mera profecía, sino realidad presente ante sus ojos. Esa es la mayor bendición.
2. La perspicacia espiritual para reconocer el reino de Dios
Muchas personas vieron a Jesús con sus propios ojos, pero la mayoría lo consideró simplemente el hijo de un carpintero o un revolucionario político.
En cambio, los discípulos vieron en Jesús el gobierno y la salvación de Dios. Aquí “los ojos que ven” no se refiere simplemente a la vista física, sino a la percepción espiritual que discierne los misterios ocultos del reino de los cielos.
3. Gratitud por la gracia inmerecida
Este pasaje enfatiza que los discípulos no disfrutan de esta bendición por ser superiores a otros, sino porque Dios abrió sus ojos.
No fueron los poderosos ni los sabios del mundo, sino discípulos semejantes a niños, a quienes les fue revelado este misterio, y esto constituye el gozo de Dios.
Resumen en una frase: “Vuestra realidad presente —ver y comprender directamente la consumación de la salvación (Jesús) que los antepasados en la fe esperaron durante miles de años— es la mayor gracia.”
Además, cuando Jesús dijo a los discípulos: “Vuestros oídos porque oyen” (Mt 13:16), esta declaración es una bendición sobre el estado espiritual que comprende y recibe la voz de Dios. Su significado es el siguiente:
1. Que el “misterio del evangelio” ha comenzado a oírse
Jesús proclamaba el evangelio del reino por medio de parábolas.
Aunque muchos escuchaban las mismas palabras, a los endurecidos les sonaban como enigmas; pero a los discípulos les llegaban como palabras de vida. El hecho mismo de que el plan de salvación de Dios, que estaba oculto, comenzara a ser oído y entendido, es una bendición especial concedida por Dios.
2. El canal por el cual comienza la fe
La Escritura dice: “La fe viene por el oír” (Romanos 10:17).
Los oídos de los discípulos son bienaventurados porque lo que oyeron de Jesús no fue mero conocimiento, sino palabra que produjo fe, transformó sus vidas y los condujo a la salvación.
3. Disposición para escuchar y obedecer
En el contexto bíblico, “oír” está estrechamente relacionado con “obedecer”.
Los oídos de los discípulos eran bienaventurados porque no estaban cerrados por la tentación del mundo ni por la obstinación, sino que poseían un corazón dispuesto a responder a la voz del Señor y seguirle.
En conclusión: los profetas del pasado anhelaron escuchar la voz directa del gobierno y del amor de Dios; los discípulos la estaban oyendo en tiempo real. Y como esa palabra estaba despertando sus almas, Jesús los declaró “bienaventurados”.
(ii) Aquí, la declaración:
«De cierto os digo que muchos profetas, reyes y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron» (Lc 10:24; Mt 13:17),
es una proclamación que enfatiza que el privilegio espiritual del que gozaban los discípulos era un acontecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad, algo que nadie antes había experimentado. Su significado concreto es el siguiente (según fuentes de internet):
1. Transición de la “era de la profecía” a la “era del cumplimiento”
Los profetas del Antiguo Testamento profetizaron acerca del Mesías, y los justos y los reyes (como David) vivieron toda su vida anhelando la venida de ese reino.
Ellos solo vieron el “plano” llamado promesa, pero los discípulos estaban viendo la realidad plenamente realizada de ese plano: Jesucristo.
Los discípulos se encontraban en el momento culminante en el que la larga espera de la historia llegaba a su fin.
2. Protagonistas situados en la “cumbre” de la historia de la salvación
En la historia de la humanidad ha habido numerosos grandes héroes de la fe.
Sin embargo, ni siquiera esas figuras extraordinarias experimentaron el privilegio de “caminar con Dios y oír directamente Su voz”, algo que los discípulos comunes estaban disfrutando.
Esto les recuerda que no era por su posición ni por su capacidad superior, sino únicamente por la gracia de haber sido llamados en el tiempo señalado por Dios.
3. Contraste con los que “viendo no ven”
Estas palabras también contrastan con los fariseos y escribas de aquella época, quienes se jactaban de su conocimiento de la Ley, pero rechazaron a Jesús que estaba delante de ellos.
La oportunidad que los santos del pasado habían anhelado tan intensamente fue despreciada por los líderes religiosos de ese mismo tiempo.
En cambio, Jesús subrayó cuán grande era la bendición del discernimiento espiritual de los discípulos, que supieron reconocer ese valor precioso.
Resumen en una frase:
«Vosotros sois las personas más felices del mundo, porque estáis experimentando directamente ante vuestros ojos la realización del reino de Dios que los grandes hombres de fe soñaron durante miles de años».
Puesto que ahora estamos experimentando directamente ante nuestros ojos la realización del reino de Dios que los héroes de la fe anhelaron durante miles de años, somos las personas más felices del mundo.
Las palabras de Jesús no se aplican solamente a los discípulos de hace dos mil años, sino también a nosotros hoy, que creemos en el evangelio y vivimos el reino de Dios en el Espíritu Santo.
“El significado de la felicidad que nos otorga la realización del reino de Dios, tan esperado por los grandes hombres de fe, es el siguiente:
Beneficiarios de la promesa: Lo que Abraham o Moisés contemplaron de lejos como esperanza del plan de salvación, para nosotros se ha convertido en una realidad ya cumplida por medio de Jesucristo.
La morada del Espíritu Santo: Los personajes del Antiguo Testamento experimentaban el Espíritu de Dios solo en momentos especiales, pero ahora vivimos en una era en la que cualquiera puede caminar personalmente con el Espíritu Santo y escuchar Su voz.
Esperanza hacia el reino que será consumado: Al gustar del reino de Dios que ya ha comenzado, podemos esperar con certeza el reino eterno que un día será plenamente establecido. Este es el mayor privilegio espiritual que poseemos.
En definitiva, la expresión ‘las personas más felices’ no significa que nuestras circunstancias sean perfectas, sino que poseemos la bendición ontológica de estar conectados con el Señor de la vida eterna”.
Como personas que hemos recibido esta maravillosa bendición, ¿cómo debemos disfrutar y vivir concretamente este reino de Dios en nuestra vida diaria hoy?
Ver con ojos de gratitud: Tal como Jesús dijo a los discípulos, debemos pedir “ojos que vean” la obra de Dios en la vida cotidiana y en los encuentros que se nos conceden hoy.
Prestar oído a la Palabra: En medio del ruido del mundo complejo, vivir con “oídos bienaventurados”, eligiendo escuchar la paz y el consuelo del Señor.
Disfrutarlo aquí y ahora: Es importante recordar que el reino de Dios no es solo un lugar al que se va después de la muerte, sino que comienza precisamente en este momento, al caminar con el Señor.